lunes, 31 de octubre de 2011

El sueño de una noche de verano, de William Shakespeare

Uno de los momentos en que más maldigo la suerte que me hizo nacer 15 años antes de lo debido es cada vez que me enfrento a mi total incapacidad para aprender inglés. Si me hubieran obligado a estudiarlo desde pequeña en el cole, como me pasó con el francés, probablemente ahora sería capaz de desenvolverme con él como con la lengua de nuestros vecinos, es decir, podría mantener un mínimo de conversación y leer cosas no muy complicadas. O muy complicadas, porque es seguro que  el inglés, dado el uso actual de la lengua de la pérfida Albión, lo habría practicado, no como el francés.

Pero esa es la situación actual. El inglés solo lo domino si es bajito y se deja, cosa que pasa en muy contadas ocasiones, por no decir ninguna. Y eso me fastidia mucho. Sobre todo cuando leo alguna obra importante  para mí  y que me gustaría poder saborear directamente de la pluma de su autor,  no dependiendo de intérpretes.

Eso es lo que me pasa con el libro que vengo a comentar hoy. Esta pequeña obra, salida de la pluma del cisne de Avon, me ha acompañado durante muchos años, más de 30, desde que la representé por primera vez en un teatro y cobré por ello. Eran otras épocas y los pequeños grupos teatrales, básicamente formados por estudiantes, podían moverse por los teatros de los pueblos, funcionar y tener un repertorio mínimo.

Desde entonces, desde que la conocí en profundidad, he pensado que debe perder mucho con la traducción. Al estar escrita en verso, toda la musicalidad se pierde. Giros y dobles sentidos deben quedar diluidos en el sentido lógico de cada frase. Debe ser una verdadera pena, porque incluso traducida al castellano, podemos ver el gran talento de ese escritor inglés que mezcló en ella  romance, enredo y fantasía, con grandes dosis de humor.

Es curioso ver como Shakespeare ambienta su cuento fantástico en Atenas. Una tierra tan lejana y exótica para un inglés del siglo XVI como para nosotros hoy día la amazonia o Tailandia. Quizá más todavía. En esta, para él lejana ciudad, cuna de todo la cultura y el conocimiento, el  autor nos sitúa la víspera del solsticio de verano, noche en la que el mundo de las hadas se funde con el de los mortales y los hechos más insospechados pueden ocurrir.

Y como es lógico pensar, ocurren.

Al día siguiente, el primer día del verano, van a celebrarse las bodas del duque de Atenas, Teseo, con Hipólita, reina de las amazonas. Esa noche, Hermia, una joven a la que su padre obliga a contraer matrimonio con un hombre al que desprecia, y  Lisandro, su enamorado, huyen al bosque cercano a la ciudad. Buscándola acude su prometido Demetrio, junto a su mejor amiga Elena,  que la ha traicionado para conseguir los favores del futuro consorte despechado.

En el mismo lugar y la misma noche, una compañía de actores decide ensayar su obra. Al día siguiente, en las bodas del duque representarán el drama de Príamo y Tisbe, y para que nadie los sorprenda antes de tiempo huyen de la ciudad y se refugian entre la floresta.

Entre los mismos  sagrados árboles que dan sombra a una fuente, Titania, reina de las hadas va a hacer sus ofrendas al solsticio junto a su corte. Esa misma noche, Oberon, rey de los duendes, con el que está enemistada por la posesión de un bellísimo paje, planea con la ayuda del travieso y rápido Puck la forma de arrebatarle el doncel a su esposa.

Entre las sombras amables  juegan las hadas, ensayan los actores, duermen los amantes y una delicada flor expide sus jugos para que sea difícil distinguir sueño de realidad, amor de pasión, certeza de hechizo.
Sakespehare, en su momento autor de moda, recibido por los más altos personajes y cuyos sonetos se vendían y se  copiaban por toda Inglaterra, fue un maestro del lenguaje en todos sus aspectos, eso es de todos conocido y no voy a hacer un comentario sobre eso. Pero si voy a incidir en algo que para mí es básico en un escritor y que ya he comentado muchas veces: los personajes.

Sus criaturas tienen la fuerza de la pasión que este inglés ponía en todos sus escritos y así todos los personajes son capaces de desarrollar en muy pocas líneas unas personalidades definidas y únicas que, aunque en ciertos momentos resulten un poco exageradas, en una obra como esta, irónica, absurda y divertida, no acusan para nada un grado de histrionismo que podría resultar cargante.

Este autor, además tiene la peculiaridad de destacar de una forma notable a sus personajes femeninos, sobre todo en esta obra. Las tres mujeres protagonistas, cuando están presentes eclipsan con facilidad a los personajes masculinos, aunque sean estos los determinantes para el desarrollo de la trama.

Los ingredientes están listos. De la mano maestra del genial poeta nos deleitamos con un plato lleno de un humor exquisito, de una poesía preciosa y delicada como el ala de un hada, y de una serie de situaciones enrevesadas, traviesas y festivas, que hacen de esta comedia fantástica un prototipo de diversión elegante, llena de matices y de ironías en cada uno de sus personajes.

Esta pieza es perfectamente recomendable para quien se quiera introducir en las obras de este autor, ya que su agilidad, y su tono festivo la hacen de muy fácil lectura. Eso sí, como siempre, recomendar una buena traducción para aquel que no tenga la suerte de poder leerla en su idioma original.

PD: A los que os sea arduo leer a Shakespeare pero no os importa verlo en la pantalla, hay una extraordinaria película de 1999, dirigida por Michael Hoffman. También está la gran versión que la Lyndsay Kemp Company grabó. Un verdadero disfrute para los sentidos.






domingo, 30 de octubre de 2011

Autoría de esta frase

¿Se os ocurre quien pudo decir la siguiente frase?

Amar la lectura es trocar horas de hastío por horas de inefable y deliciosa compañía.

sábado, 29 de octubre de 2011

El inicio de un clásico

Otro inicio, en este caso diremos como pista que es de autor español.

Antes de enseñar el primer cabo de nuestra narración fidedigna, no nos parece inútil advertir a aquellas personas en demasía bondadosas que nos quieran prestar su atención, que si han de seguirnos en el laberinto de sucesos que vamos a enlazar unos con otros en obsequio de su solaz, han menester trasladarse con nosotros a épocas distantes y a siglos remotos, para vivir, digámoslo así, en otro orden de sociedad en nada semejante a este que en el siglo XIX marca la adelantada civilización de la culta Europa.

viernes, 28 de octubre de 2011

Deseando Amar

Estimado Fabián. Como ves no he tardado en responder, aunque mentiría si te dijera que lo tengo claro. Supongo que estarás al tanto de mi situación. Este barrio tiene mucho de pueblo. Aunque para evitar malentendidos paso a contártelo: cuando nos conocimos acababa de romper una relación próxima a la boda. Aún hoy no olvido las charlas sobre vivir juntos, y de cuál sería el mejor momento para buscar niño, que de ser varón llamaríamos Alfonso, como mi padre, que en paz descanse. Planes que quedaron en nada. Quizás el no verlo venir contribuyó a que me afectara tanto, que en realidad no pasara nada hasta que pasó, o hasta que me enteré de que pasaba hacía tiempo.


Con la ruptura todo perdió interés, y cualquier comentario, canción, novela por entregas o serial de radio avivaba el dolor y la sensación de vacío. Incluso llegué a atribuirme parte de culpa: «Quizás fui egoísta, pensé, quizás pude hacer más para que no buscara otros brazos».

Por entonces pasaba los días recluida, alejada de todo, salvo de la cajita de carne de membrillo que con los años llené de las postales que me mandó por mis cumpleaños, las cartas de cuando hizo el servicio militar en Ceuta, fotos nuestras en la Feria de Sevilla y la playa de María Trifulca, alguna que otra entrada del cine de verano, y de rosas, envueltas en papel, y que en su día dejé secar en un libro. Recuerdos a los que me aferré pese a un dolor que empezó a remitir con tu llegada.

No olvido el día en que una voz desconocida anunció en el patio de vecinos el correo, y cómo sin ánimos, una bata y un improvisado moño bajé al escuchar mi nombre. Allí te vi por primera vez, con tu uniforme gris y la cartera de piel al hombro, entregado, sin perder la sonrisa, al “interrogatorio”. Una escena que se me antojó divertida, y que observé hasta que reparaste en mí. Recuerdo tu sonrisa de complicidad, y cómo al marcharse las vecinas me acerqué azorada y te di mi nombre. Sólo quería la carta y marcharme. Cuál no sería mi sorpresa cuando fingiendo confusión me diste el tuyo.

He de confesar que a primera vista no me gustaste, pero esa sonrisa, tu voz, cálida y siempre amable, y la actitud desenfadada, supieron devolverme buena parte de la alegría perdida. Cada vez que recordaba lo ocurrido sonreía como una tonta.

Desde entonces pasaste cada día, pero al no traerme cartas me contentaba con mirarte desde mi ventana. El verte me alegraba, y me ponía nerviosa. ¿Podría ser eso amor? Sólo sé que contigo volvió la necesidad de sentirme querida, de los abrazos y miradas, de los “te quiero” al oído y los besos ciegos. Con todo no sabía si esa necesidad me hacía idealizarte, pero en cualquier caso la duda me alejó del padecer, hasta que éste se quedó en nada. Pasaste a ocupar un lugar en mis pensamientos y sueños, y no podía evitar pensar qué hubiera pasado de conocerte comprometida, y así seguí hasta que me cansé de pensar. Esa tarde me envíe una carta a mí misma, y aprovechando que estaba el fin de semana por medio tomé parte de mis ahorros y di un paseo hasta el centro. Hacía un día demasiado bueno para coger el tranvía.


En la calle Sierpes, en una tienda cercana a la librería “Eulogio de las Heras” compré cuatro metros de piqué fino, y ya en casa, con el disco del Dúo Dinámico de fondo, pasé el fin de semana cosiendo, para que el vestido estuviera listo para un lunes que parecía no llegar nunca. Ese día me levanté temprano, y cuando llamaste ya tenía puesto el vestido, me había hecho ondas en el pelo y un recogido bajo. Esperé tras el último tramo de escaleras, y cuando volviste a pronunciar mi nombre bajé, intentando ocultar mi nerviosismo y timidez. Durante un instante advertí en ti sorpresa y agrado, y eso me dio cierta confianza, aunque se tornó en desconcierto cuando volviste a gritar mi nombre. No olvido cómo, sin aguantar la risa me preguntaste: Disculpe señorita, ¿sabe si Amalia Domínguez está en casa? A esta hora suele estar en aquella ventana. Una muchacha que suele ir en bata y con un moño. Y tras la subida de colores y las risas me tendiste tres cartas. La primera, la mía, una segunda de mi ex novio, y una tercera con tu nombre. Recuerdo cómo al advertir mi desconcierto cogiste tu carta y la suya y me preguntaste si alguna tenía que ir para atrás. Tal vez en ese mismo instante debí tomar una decisión, pero la verdad es que no pude. Hoy he escrito dos cartas, y sólo leí una de las que me dejaste. Quizás me esté precipitando, quizás en mis circunstancias esté confundiendo emociones y mi decisión no sea la adecuada. No es mi intención dañar a nadie. Debo decirte que ayer quemé, junto con las dos cartas, cuantos recuerdos guardaba en la cajita de carne de membrillo, y si tras lo leído estás dispuesto, me gustaría llenarla contigo.

martes, 25 de octubre de 2011

REGRESO A ITACA

Konstatin Kavafis es un gran desconocido. Creo que poca gente lo conocerá hoy día. Su género es el más desprestigiado en los tiempos que corremos, sobre todo si no va acompañado de música, ya que Kavafis es un poeta. Y además no es un poeta al uso, brillante, celebrado y carismático, cuyos versos se cantan, se recitan y van de boca en boca. No. Solo un poema, aquel del que vengo a hablaros en este artículo, ha trascendido un poco más allá de su pequeño círculo. Kavafis es un poeta de muchos lugares y ninguno, de muchas épocas, de muchas lenguas. Por eso quizás, porque ningún país lo ha hecho suyo, o el realmente no hizo suyo a ningún país,  y porque, si hizo suya una lengua esta fue minoritaria y dialectal, es por lo que ningún idioma  lo reclama como heraldo y paradigma de su poesía.

Konstantin Kavafis  nació en Alejandría, Egipto en 1863. Hijo de una familia de comerciantes griegos de Constantinopla, con amplios negocios en Inglaterra, donde se  trasladó la familia al morir el padre en 1872 y donde se educó hasta 1878. Esto marcó su formación, haciéndole hablar fluidamente el griego, inglés, francés, italiano, y por supuesto árabe, ya que en esa fecha regresa a la ciudad que le vio nacer, donde residiría la mayor parte de su vida, y moriría, a los 70 años.  En 1892 se traslada a Constantinopla, donde empieza a escribir sus primeros poemas, lo que continua haciendo cuando regresa a Alejandría, lugar en el que se establece definitivamente, y que solo abandona para viajar en contadas ocasiones a ciudades europeas. Su vida fue, en los años convulsos del cambio de siglo, la de un humilde funcionario del ministerio egipcio de Obras Públicas, discreto homosexual reconocido, hombre muy culto y refinado. Gran conversador, de mentalidad muy abierta, cultivó grandes amistades con famosos literatos de su época sobre todo de habla inglesa, como Morgan. Foster. Aunque empezó muy joven a escribir sus poemas, estos no se publicaron hasta después de su muerte, y eso gracias a escritores ingleses que difundieron su obra como Lawrence Durrell, el célebre autor de El cuarteto de Alejandría, en cuyas páginas está presente de continuo el poeta; o Tomas S. Elliot, que con su traducción, en 1930, de su poema Ithaka, lo populariza en Inglaterra, y es entonces cuando comienza a ser estudiado.

Kavafis, aparte de un poeta del amor homosexual, es un gran poeta épico. Quizá sea este el motivo que le hizo tan poco popular en su época, a la par que es quizá lo que le hace único, junto a las características de su poesía. A su escaso abuso de figuras retóricas y  su vivo sentido de la historia se le une cierto cinismo político y la absoluta perfección estética de sus poemas. En ellos se aúnan el elemento histórico y mitológico con la dignidad humana y el dramatismo de las situaciones, como podemos encontrarlo en Caballos de Aquiles, Termópilas, o Esperando a los bárbaros. El estilo de Kavafis es en general pulcro y sobrio, careciendo casi de imágenes. Intenta expresar hasta lo más profundo de manera clara, pretendiendo fijar una realidad. En ese sentido se le puede considerar un poeta clásico dentro de la literatura griega moderna, ya que sus versos se preocupan más de su parte prosaica que de su forma, conforme a su realismo. La métrica es deliberadamente descuidada: número desigual de sílabas, rimas sólo irónicas o versos cortados. Todo esto no impide que trabaje hasta el último detalle estético del poema.
  
Vamos ahora a analizar aquello que nos ha traído hasta aquí:

ITAKA

Es un poema épico que nos habla del retorno de los héroes a su hogar, tras la caída de Troya. La guerra ha durado 10 años, y cargados del botín los héroes regresan a sus lugares de origen, a sus familias. En concreto narra el viaje de Odisseo, y su regreso a la bella isla de Itaca, hoy llamada Korfú, donde era rey.

En estos versos iniciales comienza recogiendo lo que va a ser la idea del poema: el largo recorrido en el que Odiseo va a sufrir muchos percances, va a correr muchas aventuras y a conocer el, entonces,  amplio mundo del mar mediterráneo y las costas que lo rodean. Pero en este poema, como en casi toda su obra, Kavafis no solo nos narra el retorno, sino que extrapola la simple aventura hacia un viaje más intimista, a un viaje interior que desarrolle el crecimiento personal.

Cuando emprendas el viaje  hacia Ítaca
Has de pedir  que tu camino sea largo
Lleno de  aventuras, lleno de conocimientos.

Poseidón, de Óscar Pérez 
Es en  los siguientes versos donde, al hacer referencia a los monstruos que van impidiéndole el retorno, que van mermando sus fuerzas y el número de sus compañeros, y donde muestra la furia del dios oscuro, de aquel que hace temblar la tierra, donde nos enseña el espíritu de La Odisea: aquel capaz de alzarse con la victoria más importante, la que se produce tras la lucha con uno mismo, venciendo a las tentaciones y a los deseos. Odisseo resiste y no mata las vacas del sol, por eso regresa, mientras sus compañeros, que no son tan escrupulosos como él,  mueren en el viaje. Son esos mismos compañeros quienes no resisten la tentación y abren el saco de los vientos de Eolo, por lo que, a la vista de Itaca, naufragan y perecen

A lestrigones, cíclopes
Y al  airado  Poseidón nunca  temas,
No hallarás tales seres en tu camino
Mientras mantengas  tu pensamiento elevado,
Y limpia la emoción de tu espíritu y tu cuerpo
A lestrigones, ni a cíclopes
Ni al  fiero Poseidón hallarás nunca,
Si no los llevas dentro de  tu alma,
Si no es tu alma quien  ante ti los pone.

Es aquí donde el poeta nos muestra la importancia de ese alma limpia para luchar contra las vicisitudes del camino, donde nos indica que es en el espíritu fuerte del que lucha contra si mismo y se vence donde radica el verdadero héroe. Aquí nos está definiendo como debe ser el héroe, capaz de enfrentarse y vencer  a los monstruos, sean externos o internos.

En las siguientes estrofas, incide de nuevo en la idea del viaje de aventuras, del viaje épico como medio de aprendizaje donde el héroe va adquiriendo conocimientos de gentes y lugares, va abriendo su mente y fortaleciendo su espíritu, pues como toda historia épica, sea en prosa o en verso, todo viaje épico o de aventuras es a la vez un viaje exterior que propicia un viaje interior hacia la maduración personal y el crecimiento de aquel que recorre el camino.

Has de rogar  que tu camino sea largo.
Que sean muchas las  mañanas de verano
Que con placer, con alegría
Arribes a muchos puertos nunca vistos.
Detente en los emporios de Fenicia,
Y adquiere hermosas mercancía:
Madreperla y coral, ámbar y ébano,
Sensuales perfumes, delicados y diversos
Y visita muchas ciudades de Egipto
Y con avidez  aprender de sus sabios.

En los versos finales del poema, Kavafis insiste  en la idea de Itaca como meta, como fin último del viaje, pero sin perder de vista la importancia del recorrido, del desarrollo de ese viaje épico que va a permitir la adquisición de grandes riquezas, sobretodo espirituales,  de conocimientos.

Ten siempre en la memoria la idea de Itaca
Llegar a ella es tu destino.
Mas no  apresures la travesía,
Es preferible  que dure muchos años
Que seas viejo cuando fondees en la isla,
Rico con todo  lo que habrás  aprendido  en el camino
Sin esperar que Ítaca te otorgue más riquezas.

Para él, la meta final, el retorno al hogar, es sobre todo el pretexto para el desarrollo de la aventura, y nos hace reflexionar en la importancia de una fase vital  del poema épico y que muchas veces se pasa por encima cuando se estudia la Odissea, y es toda la situación tras el regreso. Porque Odisseo se encuentra una Itaca convulsa, empobrecida, con su hijo amenazado de muerte, su mujer acosada, su palacio invadido convertido en una taberna y su hacienda devastada

Ítaca te donó un  maravilloso viaje.
Sin ella no habrías emprendido el camino
Y ahora nada tiene para ofrecerte.
Si la encuentras pobre, no es que Ítaca te haya engañado.
Rico en experiencias y sabio como has vuelto
Comprendes ya lo qué significan las Itacas.

De eso se trata, de que comprendamos que el resultado final del viaje, al igual que cualquier libro o cualquier historia, no importa. Es lo que nos cuenta, lo que transcurre a lo largo de sus páginas o sus estrofas, y como está contado, lo que nos va a enriquecer. El final es un pretexto. Las Itacas, las metas, son aquello por lo que emprendemos el viaje, pero lo realmente importante es nuestro viaje en si, la maduración interior, el devenir del personaje de ser normal en héroe adulto. Es ese camino del guerrero hacia su culminación lo que realmente importa.

domingo, 23 de octubre de 2011

Autoría de esta frase

Una clásica, para facilitar que la gente la conozca

Al poseedor de las riquezas no le hace dichoso el tenerlas, sino el gastarlas, y no el gastarlas como quiera, sino el saberlas gastar.

No me digais que nunca la habiais oido.

sábado, 22 de octubre de 2011

El inicio de un clásico

Veamos quien se ha leído este:

Cada mañana, entre el humo y el olor a aceite del barrio obrero, la sirena de la fábrica mugía y temblaba. Y de las casuchas grises salían apresuradamente, como cucarachas asustadas, gentes hoscas, con el cansancio todavía en los músculos. En el aire frío del amanecer, iban por las callejuelas sin pavimentar hacia la alta jaula de piedra que, serena e indiferente, los esperaba con sus innumerables ojos, cuadrados y viscosos. Se oía el chapoteo de los pasos en el fango.
Las exclamaciones roncas de las voces dormidas se encontraban unas con otras: injurias soeces desgarraban el aire. Había también otros sonidos: el ruido sordo de las máquinas, el silbido del vapor. Sombrías y adustas, las altas chimeneas negras se perfilaban, dominando el barrio como gruesas columnas.

viernes, 21 de octubre de 2011

El monstruo en mí, de Jose Ignacio Becerril

Este libro, publicado por la editorial Saco de Huesos, es una antología de ocho cuentos del llamado género “fosco” y uno de ciencia ficción. Los relatos, dentro de este género que funciona a caballo entre la fantasía y el terror, los podemos clasificar a su vez en diversos subgéneros: costumbrista, romántico, policíaco, fantástico o simplemente terror. Todos tienen en común el protagonismo del monstruo, a veces interno a veces externo, salvo el último, que es un relato de Ci-Fi que no cumple esta premisa.

Esta antología de cuentos me ha llamado mucho la atención. No suelo leer relatos, no es un género que me guste en exceso, siempre lo digo. Suelen saberme a poco. Y Tampoco suele gustarme el género de terror, en ninguna de sus vertientes (novela, relato, cine…) porque suele darme muy poco miedo y por lo general me aburre mucho. Pero esta antología ha conseguido inquietarme realmente. Cada uno de esos relatos ha sabido tocar alguna parte de mi interior y, bien por una cosa, bien por la otra, ha sabido conectar conmigo de una forma que no es nada habitual y a la que no estoy nada acostumbrada. No es la temática en sí, en realidad nueve temáticas sobre monstruos diferentes; es, sobre todo, la forma de abordarlas y la forma de narrarlas lo que ha llegado a conseguir que, después de la lectura de cada relato, tuviera que parar para asimilarlo. Eso puede parecer normal en otros lectores. Quien me conozca sabe que si hago eso es porque algo diferente pasa con ese libro.

Uno de los factores que hacen que esto pase es que Nacho sabe crear a los personajes con cuatro palabras. Y alguno de ellos de tal manera que le pones nombre, apellidos y hasta foto. Esto es algo que para mí es muy importante, casi básico en cualquier tipo de narración; si no me creo a los personajes me da igual lo maravillosa que sea la historia, lo bien urdida que esté la trama o la sublime exquisitez de la prosa; si los personajes no me parecen reales no conecto y no me gusta. Creo que esto es uno de los puntos más fuertes que tiene este escritor, que deja de contarnos una historia para contarnos la historia de fulanito, de menganito, y están ahí, los ves, y los sientes. Hasta los personajes de los relatos que escribe uno de los personajes de un relato te parecen reales. Y con eso juega, y muy bien, por cierto.

Otro de los factores es, por supuesto el tema tratado en los relatos. Como el nombre de la antología indica, es el monstruo que todos llevamos dentro, y que no siempre es el que parece ser. Y a veces lo es, también. Nacho sabe jugar muy bien al despiste, por lo que en todos los relatos acaba sorprendiéndonos. En unos porque nada es lo que parece, y en otros porque al ser tan predecible la historia, te sorprende que ese final sea el que toca, el que es lógico, el que todos damos por supuesto y estamos esperando que sea cualquiera menos ese. Pero siempre está ahí presente el Monstruo. Ese monstruo que cualquier persona puede llevar en su interior, a veces solo peligroso para sí mismo, en forma de una fobia, una enfermedad; a veces peligroso para toda la sociedad; a veces tierno, otras salvaje, despiadado, pero nunca, nunca, neutro.

Quizá el factor determinante en la buena impresión que me ha causado este libro sea su  forma de escribir: me gusta. Sabe transmitir las ideas con mucha claridad, no resulta difícil seguirlo. Todo lo contrario, te introduce rápidamente en la historia de forma absorbente y te arrastra  de tal forma, que lo que menos percibes es el estilo, pero eso solo se consigue cuando una obra, como lo está esta, está bien escrita. Las descripciones son parcas y precisas, al igual que los diálogos. Con cuatro palabras es capaz de introducirnos en cada uno de los relatos de un plumazo, en transportarnos a cada una de las historias y sumergirnos por completo en ellas. Ésta creo que es su principal virtud. La historia puede o no puede gustarte, pero la vives. Cada uno de los diálogos encaja a la perfección en los personajes. No hay muchos, porque los relatos son cortos, pero son indiscutiblemente uno de sus puntos fuertes. Respecto a  la ambientación, con cuatro palabras te sitúas perfectamente en el lugar donde están ocurriendo los hechos. Te sientes introducido en el ambiente con gran rapidez. Respecto a la estructura, cada uno de ellos tiene la suya propia, que difiere mucho de unos a otros, adaptándose en todo momento a la historia y al clima que el autor quiere darle. Todos los relatos son coherentes en sí mismos y en la antología salvo el último, el de Ciencia Ficción, que queda un poco descolgado de la uniformidad de la antología, tanto por la historia, como por el clímax o el estilo narrativo. Mientras en los ocho primeros hace gala de una buena habilidad narrativa, en el último se dispersa y se ralentiza, en unos momentos, para acelerarse y atropellarse en otros, quedando puntos narrativos poco definidos. Los protagonistas se nos desdibujan, haciéndose más planos que en el resto de los relatos, y la  historia en si conforma un todo poco creíble que a mí, por lo menos, me ha dejado fría. 

La portada no me acaba de gustar. La idea sí, la idea de una figura humana actual con cabeza monstruosa, en una reminiscencia del minotauro si me gusta, pero el desarrollo de la ilustración, no. Me parece que queda un poco frío, sin resultar atractivo en sí, aunque refleje la idea que se pretende transmitir con los relatos.

En resumen, es un libro que recomendaría a los amantes del género, y a los que no lo son,  tanto por sus historias muy interesantes como, por la prosa cuidada y ágil. Es un libro que me ha dejado muy buen sabor de boca, y con ganas de mas, de mucho más. 

lunes, 17 de octubre de 2011

Problemas con la literatura

Bueno pues allá vamos con la tercera.

En ocasiones se habló de la astenia literaria y sobre la falta de inspiración o ese miedo al folio en blanco, ambos problemas que en mayor o menor grado habrá sufrido todo el que tiene por costumbre darle a la tecla. Tal vez sean los dos problemas más comunes, mas en mi caso creo que no los más serios ni frecuentes. Dado que la lectura es parte esencial en la vida del escritor y lo queramos o no nos condiciona, creo que se podía tocar este tema para ayudar aportar más claridad al asunto.

En cuanto al problema, no sé siquiera si tendrá su nombre o si será un mal más o menos extendido, pero a falta de conocer un término concreto creo que podríamos definirlo como sublimación del acto de escribir. Supongo que en mi caso tendrá que ver con el tipo de literatura que me gusta. Literatura clásica, generalmente sesuda, y en la que se le da bastante importancia a la prosa. Busco literatura de la que deja huella y arranca emociones de la manera más viva posible. No concibo la literatura como algo meramente entretenido, y que creo que suele ir muy en la onda de los tiempos que corren. Esto no quita que lea prosa más actual y pueda disfrutarla, siempre y cuando el autor tenga una identidad literaria que me resulte atractiva y no caiga demasiado en la cotidianeidad. Supongo que mi problema en el caso de la lectura pueda venir por falta de información o simplemente porque soy muy clásico o bastante cerrado de mollera. En cualquier caso esto hizo que dejara docenas de novelas y relatos inconclusos. Me cuesta muchísimo encontrar autores actuales de mi agrado. En el caso de los extranjeros, poquísimos. Y salvo que la memoria me falle, muy escasos en el nacional que no lleve muerto bastante.

Llevo meses intentando sacar algo en claro de obras actuales, pero no hay manera. El último libro que terminé y con el que recuerdo haber disfrutado, aunque con alguna que otra pega, fue el de “Soy leyenda” y no sé hasta qué punto puede considerarse actual. Desde entonces, no he sentido que estaba disfrutando de un buen libro hasta que empecé a leer “Ocnos”, de Luis Cernuda. Un autor que a mi parecer posee esa grandeza que han de tener las letras. Una gozada de libro, pero sigue ahí la espinita. Esa necesidad de encontrar otras vertientes literarias de las que poder disfrutar.

Por otro lado cuando leo a otros, (y hablamos en su mayoría de textos actuales) y llega a darse el caso de que me gusta, me planteo si sería algo que firmaría. Un texto del que me sentiría orgulloso de haberlo escrito yo. Y la respuesta suele ser negativa. Y tengo claro que no siempre es por falta de calidad, sino por una falta de conexión con los textos o la forma de exponerlo. Una falta de conexión que también tiende a darse a la inversa. En más de una ocasión me sorprendió ver cómo textos que consideraba trabajados y de los que me sentía orgulloso pasaban sin pena ni gloria. Y otros en cambio, escritos en un cuarto de hora, sin ganas y condicionado por temas o extensiones, pudieran gustar tanto.

Y en lo que a escritura se refiere y la sublimación de la que antes hablaba, pues supongo que a todos, en mayor o menos grado nos llegan historias a la cabeza, pero en mi caso tengo que encontrar algo en la idea o en la forma que la haga especial o no la escribo. Esto hace que tenga montones de ideas desechadas, sin empezar o a medias. Tal vez dicho así pueda sonar normal, pero hubo textos de 1500 palabras que teniendo la historia tardaron en escribirse más de un año por no encontrar el enfoque adecuado.

En mi caso puedo pasar días sin sentarme delante del ordenador a escribir o tardes enteras peleando con un párrafo por no encontrarlo de mi agrado. Y una vez encontrado, suele variar en correcciones a posteriori.

Habrá quien piense que está muy bien ser tan perfeccionista o tan exigente, pero en verdad creo que puede llegar a ser un serio problema. Un problema que trato de solventar. Creo que la literatura es muy respetable, al igual que la gente que escribe, pero creo que es necesario perderle el respeto al acto de escribir. Romper esa barrera que nos lastra y nos impide adquirir ese oficio de escritor. En mi caso creo que por mucho que progrese, y muy lejos que pudiera llegar en esto de la escritura, no podré llamarme escritor hasta que el acto de escribir se convierta en algo natural.

domingo, 16 de octubre de 2011

Autoría de esta frase

Nueva semana, nueva frase

Además de perdonar a tus enemigos, ríete de ellos. La risa es el gran antídoto contra los venenos del espíritu.

¿Sabe alguien de quien es?

sábado, 15 de octubre de 2011

El inicio de un clásico

Entrega semanal, igual alguno se siente aludido:

En esos tiempos en que todos estamos obligados bajo pena de lesa respetabilidad a entrar en alguna profesión lucrativa y a trabajar en ella con entusiasmo, un grito del partido opuesto, el de los que se contentan con tener lo suficiente, con mirar a su alrededor y gozar mientras tanto, puede sonar un poco a bravata o fanfarronería. Sin embargo no debería ser así. 
Lo que suele llamarse ociosidad, que no consiste en no hacer nada, sino en hacer mucho de lo que no está reconocido en los formularios dogmáticos de la clase dominante; tiene derecho a mantener su posición al igual que la industriosidad.
Es cosa admitida que la presencia de gentes que rehusan entrar en las profesiones que se premian con peniques, es a la vez un insulto y un desánimo para aquellos que lo hacen. Un buen muchacho (como vemos muchos) toma su determinación, vota por su oficio, y según la enfática expresión americana, "va por ellos".

¿De quien será este texto?

viernes, 14 de octubre de 2011

Yo vengo a hablar de mis libros

Tranquilos. No vengo a spamearos, ni a hacerme una propaganda masiva y pertinaz de las criaturas que con más o menos fortuna haya sido capaz de pergeñar en un papel. No porque esté mal vista la autopropaganda, que si un autor tiene un blog es, sobre todo, para eso; sino porque, como creo que todos los que os pasáis por aquí ya sabéis, yo no escribo.


Pero sí que tengo libros que considero míos aunque los hayan escrito otros. Son libros que han tenido una influencia decisiva en mi vida, que me acompañan desde que los conocí, y que espero que lo sigan haciendo durante muchos años. Algunos no son los originales. No son el volumen físico en que los leí por primera vez, pero son los personajes y las historias que narran los que han tenido una responsabilidad importante en el hecho de que esté, en esta etapa de mi vida, contándoos estas y otras historias.

Hoy vengo a hablar de varios libros que han ejercido en mí una gran influencia desde que los descubrí y que me abrieron un mundo mágico: el de las antiguas mitologías.


Fui educada en un ambiente poco religioso, en el que la palabra «jesuita» era utilizada por mi abuela como sinónimo de hipócrita y en el que la lectura y el cine eran la principal fuente de ocio. Por eso no resulta extraño que en cuanto conocí las fabulosas historias existentes en la mitología griega de manos de mi hermana, cinco años mayor que yo, me sintiese totalmente atraída por esas leyendas, y no las viera como aberraciones paganas, que era lo que nos explicaban en el colegio.


Tampoco resulta extraño, para quien conozca la pasión que siento por los libros que, teniendo doce años y al preguntarme mi madre que iba a hacer con el dinero de las «estrenas», como llamamos aquí al aguinaldo que todos los familiares dan a los niños el día de Navidad, mi respuesta fuese inmediata: comprarme novelas, muchas novelas. Esperaba tener lectura por lo menos hasta mayo, que llegaba mi cumpleaños (ya en aquella época era una devoradora compulsiva). Pero mi madre, sabia mujer, me dijo que me permitía comprarme todas las novelas que quisiera si entre ellas me compraba un libro «serio» y me lo leía. Ella entendía por un libro serio uno que no fuese una novela, un tratado de algo, como se les llamaba entonces. Eso sí, por suerte le daba igual que hablase sobre la cría del caracol africano o sobre el precio del trigo en el siglo XIV.

Recuerdo aquella tarde como si fuese ahora, revolviendo entre las estanterías y los montones de libros del lugar que consideraba mi paraíso particular, la librería Paris―Valencia. Hace más de 40 años que conozco esa librería. La verdad, no sé desde cuando está abierta, creo que fue después de la guerra, pero en este tiempo no ha cambiado nada. Se mantiene con ese aspecto de oficio, profesionalidad y amor por los libros que hace que sea un lugar realmente emblemático. Huele a papel, a tinta, a polvo, y puedes encontrar verdaderas joyas. Allí, en un expositor vertical y viendo que el dinero se agotaba y que todavía tenía que comprarme el libro serio, me fijé en un volumen pequeño, de bolsillo, de Plaza y Janés titulado Historia de los griegos. Historia de Roma, de Indro Montanelli. Su título era bastante anodino, pero las historias que me contaba mi hermana sobre los dioses griegos y los péplums (películas de los 60 y 70 de ambientación grecorromana) que solía degustar con pasión acompañada de mi padre, hicieron que el flechazo fuera instantáneo. Su módico precio (100 pesetas de las de finales de los 70), y la referencia a la ironía del autor y a su huida de la pedantería típica del academicismo, escrita en la contraportada, me acabaron de decidir. Lo compré, lo empecé en seguida (hasta que no lo acabase y contase de que iba no podía leer las novelas) y recuerdo que lo leí con verdadera pasión.


Este libro fue decisivo en mi vida. Ahora mismo lo tengo aquí, a mi lado, después de 35 años juntos. Él fue el causante de que una nueva visión de la historia se abriese ante mí, y de que tomase conciencia de que la gente creía en muchas cosas y por distintos motivos. Él me hizo desear conocer esas creencias antiguas repartidas por todo el mundo, y ya desparecidas.


Escrito por un periodista, tiene una prosa ágil y dinámica, muy propia de un gran comunicador que ha dedicado gran parte de su vida, apoyado por diversos historiadores, a la difusión de una forma clara, didáctica, y sobre todo, muy amena, de la historia de su país, y a la vez de Europa. Otra de sus grandes obras, que recomiendo a quien quiera ambientarse e intentar entender la política medieval es La Italia del año mil. Cubre el periodo que va desde el año 1000 hasta el 1200 aproximadamente y es un tratado de alta política.

La mayor importancia que tuvo en mi vida es que me hizo entender que la historia era divertida, y según quien te la contase, iba a ser totalmente diferente, pero que la mitología había que buscarla en las fuentes, en los textos escritos por aquellos que vivieron en ese momento, así que en mi 13 cumpleaños les pedí a mis padres como regalo la Ilíada y la Odisea,de Homero. Ante su extrañeza por el regalo pedido y la mía por el hecho de que me lo compraran, ese año recibí los dos volúmenes, y ese verano me sumergí en su lectura. Empecé por La Iliada, claro. Había que seguir el orden cronológico. No me gustó. Cuando llegué al punto en que pasa miles de hojas enumerando los barcos griegos uno por uno, me salté esa parte. Pero continué, más que otra cosa porque, en esa época dorada de la adolescencia, los retos son sagrados y mi hermana había dicho: «Es imposible que se lea eso».



Poseidón, de Óscar Pérez
Pero con la Odisea todo cambió. Ahí Homero me fascinó. El personaje de Odiseo se convirtió en otro de mis grandes amores de papel, y si no Penélope, siempre me sentí un poco Nausícaa. Sus versos se fueron grabando poco a poco en mi memoria y su historia, la aventura de un viaje increíble, marcó mi vida para siempre. En otra ocasión le dedicaré una reseña solo a este libro, porque lo merece, pero ahora ya quedo aquí. Solo comentar que estas dos historias fueron las primeras de fantasía épica que leí en mi vida y me marcaron muy profundamente. Me dejaron con muchas ganas de más.

A partir de ahí me sumergí por completo en toda obra griega y romana que caía en mis manos, desde Plutarco y sus Vidas paralelas, a Hesiodo y su Teogonía.

Luego cayo Robert Graves, y de su mano, Mircea Eliade, y a través de él Fraser y La rama dorada. Ellos dos me impulsaron a salir del mediterráneo, en una época en la que en clase de latín leíamos a Julio César y su Guerra de las Galias, con sus comentarios a la mitología celta. Con ellos fui avanzando por las diferentes religiones del mundo y dando forma a una gran pasión.

martes, 11 de octubre de 2011

FELIZ

Dicen las buenas lenguas que es de bien nacidos ser agradecido, y quién soy yo para llevarle la contraria a la sabiduría popular. Lo educado y lo caballeroso —el hecho de que yo no sea de ninguna manera un caballero, y difícilmente una dama, no influye en esto— es aceptar los halagos con la dosis justa de modestia —uy, por poco se me escapa el “falsa”… La falta de costumbre— y agradecerlos como corresponde. Y en ello estoy. Aún a riesgo de perder mi mala —ahora sí que no podía evitar la puntualización— reputación de víbora, y conseguir unos cuantos vaciles más que los que ya he recibido esta semana —lo que demuestra que ninguna buena acción queda sin castigo—, aquí estoy. Para decir gracias.

Porque a veces leo cosas que me reafirman, que me hacen sentir bien, que me dicen que, aunque soy un ser humano, y por tanto falible, voy por el buen camino. Porque no soy inmune a ciertas cosas, y me encanta que se entienda lo que digo, y que se entienda exactamente como quiero que se entienda.

Porque me gustaría creer que se nota que mis intenciones siempre son claras, como procuro serlo yo, y a veces parece que lo consigo. Hay dudas, sí, siempre las hay, y me preocupan. Me preocupan mucho. Pero no puedo hacer nada por solventarlas sin crear más confusión, así que espero que, quien me importa, quien me gusta, acabe viendo la luz.

Y porque, aún temiéndome que voy a añadir otra mancha más a mi historial, tengo que decir que conocer a alguna gente me ha hecho ver algunas cosas con más claridad, y me ha convertido en mejor persona.

Por eso, agradezco algunas cosas. No voy a explicarlas, no hace falta. Basta con que sepáis que, en este preciso momento, soy estúpidamente feliz.

¿Veis? Yo también sé.

PD: Entiéndame quien pueda: yo me entiendo.

lunes, 10 de octubre de 2011

La literatura no es un camino de rosas

La literatura, como casi todo en los tiempos que corren, está sujeta a significativos cambios, que se vienen produciendo en ciclos cada vez más cortos. ¿Se podría hablar de una evolución? Pues yo quiero pensar que sí, al menos en los que a facilidades para el escritor se refiere, (si tuviéramos que escribir con pluma a la luz de una vela, seguro que se le quitaban las ganas a más de uno).

Bromas aparte, este fenómeno social y cultural que es Internet nos ha abierto una nueva puerta para la comunicación y difusión, en el caso que nos ocupa artística. Una puerta por la que todo tiene cabida. Algo que a priori me parece perfecto, pues soy del pensamiento que, independientemente de su calidad artística, todo el mundo tiene derecho a expresarse (algo que está muy lejos del pensar que cualquiera puede ser artista o debería intentar serlo).

Mediante foros, blog y demás herramientas, se nos permite mostrar cuanto queremos compartir, y ni que decir tiene que es sumamente eficaz como escaparate y tarjeta de visita; un significativo avance en muchos aspectos y gracias al cual nadie puede ser silenciado.

Por otro lado creo que esta poderosa herramienta, como toda la que es usada con libertad, puede traer consigo cierta controversia. Supongo que habrá quien no tenga más pretensiones que colgar algún textito de vez en cuando y poco más. Algo que me parece perfecto siempre que se asuma su condición de textito. El problema viene cuando amigos y conocidos entran en tu blog y te dicen que eres magnífico, y tú vas y te lo crees. Y en ese momento, por arte de birlibirloque, ya eres una promesa de las letras que merece un hueco en el mundillo literario.

Todos los que frecuentamos los lugares donde se lee y se habla de literatura hemos escuchado la frase: “Hay demasiados escritores: sobran.” Creo que sería más correcto decir que no todo el que escriba puede llamarse escritor.

Deberíamos saber sopesar lo que hacemos y ser conscientes de si un texto tiene calidad. Y si en verdad puede aspirarse con él a algo más que una entrada en un blog o compartirlo con familia y amigos. Ser escritor es un trabajo, (no es una palabra que me guste usar, pues me suscita la impresión de actividad impuesta y poco grata. Pero lo que sí está claro es que es algo que debemos tomarnos en serio si queremos que quien nos lea haga lo propio). Y todo esto me lleva a una pregunta: ¿Hasta qué punto puede ser la causa de que las editoriales se vean colapsadas de manuscritos carentes de calidad, y que no pasan de ser una vaga sombra de las obras que las inspiraron?

Mi opinión es que tiene mucha culpa, mas no puede culparse a la herramienta.

Por otro lado está claro que no es el único problema, pero sí sería uno de los que habría que solucionar. Estamos saturando el mercado y haciendo que la literatura se entierre en sí misma.

Según las estadísticas, y por paradójico que parezca, España es unos de los países que más publica y de los que menos lee; un dato a mi parecer bastante significativo. Tal vez sea porque publicar en España sea más un negocio que en ninguna parte.

Difundir textos por Internet y compartir opiniones sobre ellos nos ayuda a mejorar, a darnos cuenta de qué impresión causan sobre lectores que, a priori, no están unidos por lazos afectivos que enturbian la opinión tendiendo a suavizarla, aunque más pronto o más tarde, si se tiene un trato continuado, suele caerse en el amiguismo, (otro tema interesante de tratar y que a día de hoy está haciendo estragos en muchos frentes).

Pero también debería hacer que nos diéramos cuenta de la cantidad de gente que escribe, y en muchos casos servirnos de cura de humildad.

Llegado este punto, creo que toda persona con un mínimo de coherencia debería, aunque sólo fuera por encima, hacerse una idea de cómo está la cosa y tomar una determinación: plantearlo como un hobby sin pretensiones o dejarse la piel, aunque no para publicar, ser famoso o cualquier otra historia, sino para escribir una obra que merezca ser leída, y digna de respeto propio y ajeno. A mi parecer éste es el verdadero comienzo para un escritor y debería ser su finalidad, todo lo demás queda en un segundo plano.

Otra de las preguntas que me vino a la cabeza cuando se me ocurrió escribir sobre este tema fue: ¿por qué a tantísima gente le dio por escribir?

Es de suponer que intervinieron un montón de factores, pero creo que uno de los más determinantes es el hecho de que se estén llevando a la gran pantalla numerosos best seller de corte fantástico, (creo que el crecimiento exponencial de dragonadas, al igual que boom gótico vampírico, hablan por sí mismos).

Cierto es que esta oferta cinematográfica ha conseguido algo que, al menos para mí, era impensable, y es que gente que jamás se acercaron a un libro se bebieran volúmenes de ochocientas, mil, y mil y pico de paginas (el hecho de que muchas de estas obras tuvieran más valor como arma arrojadiza es otra historia). Pero por otro lado creo que invitó a muchos de estos nuevos lectores a lanzarse a la “profesión” de escritores sin ningún respeto por ella, (todavía puede verse en alguna que otra pagina de carácter literario, pequeños pasajes inspirados en novelas como Eragón escritos con el lenguaje usado para mensajes de móvil). Como ya dije creo que todo el mundo tiene derecho a expresarse, pero no creo que este tipo de cosas puedan ser admisibles en sitios donde se promueve la literatura. En cualquier caso, creo que es un hecho que la mayoría de estos que sienten la fiebre de escribir terminan por dejarlo más pronto o más tarde, al tomar consciencia de que escribir bien no es fácil, y que aun llegando a poseer la técnica necesaria y una buena historia, tu trabajo puede pasar sin pena ni gloria por diversas editoriales, por temas como la falta de comercialidad, la extensión de la obra o mil y un factores más.

En definitiva que este no es un camino de rosas. Tanto es así que en España, salvo por unos pocos, la escritura no llega casi ni a ejercerse como profesión, (entiéndase profesión como aquello que nos permite llegar a final de mes y pagar las facturas). La mayoría de escritores, incluso con cierto nombre, viven de lo que les reporta otra actividad, y ejercen de escritores en los ratos que consiguen robar al sueño, o quitan a familiares y amigos. Algo que de seguro muchos de nosotros no haríamos si no amáramos tanto escribir.

domingo, 9 de octubre de 2011

Autoría de esta frase

Una nueva frase, a ver si conocéis el orígen

A veces una broma, una anécdota, un momento insignificante, nos pintan mejor a un hombre ilustre, que las mayores proezas o las batallas más sangrientas. 

Un saludo

sábado, 8 de octubre de 2011

El inicio de un clásico

Vamos a ver si descubrís el inicio que traemos hoy:

En 1815, era obispo de D. el ilustrísimo XXXXXXXXXXXXX, un anciano de unos setenta y cinco años, que ocupaba esa sede desde 1806. Quizás no será inútil indicar aquí los rumores y las habladurías que habían circulado acerca de su persona cuando llegó por primera vez a su diócesis.
Lo que de los hombres se dice, verdadero o falso, ocupa tanto lugar en su destino, y sobre todo en su vida, como lo que hacen.

viernes, 7 de octubre de 2011

¿Y tú también escribes?

Lector, ra (del lat lector, -ōris): 1. adj. Que lee o tiene el hábito de leer.

¿Os suena familiar? Sí, es probable que nunca hayáis buscado esa palabra en el diccionario de la RAE: no creo que nadie haya dudado nunca de su significado. Y, sin embargo, según los cotilleos/rumores/maledicencias que he oído y leído últimamente, a muchos sí se les ha olvidado. Ya no sólo no se comprende lo que es, sino que también se obvia pensar en para qué sirve (cosa que no deja de ser curiosa en una época tan dada al utilitarismo y la cosificación de las personas).

El pasado fin de semana tuve la suerte de asistir como invitada a las Jornadas de Literatura Fantástica de Dos Hermanas (Sevilla). No voy a hacer una reseña del encuentro: para eso hay otros cauces y otros lugares; baste decir que para mí fueron tres días magníficos, llenos de encuentros y reencuentros, conversaciones y discusiones, y todo ello empapado de literatura hasta que, al menos yo, acabé borracha de letras (no de otras sustancias, porque este año me tocaba ‘ser buena’ para estar en condiciones de participar en las jornadas desde arriba, no desde abajo). Hubo, no obstante, un detalle que me llamó la atención, y que no he conseguido interpretar hasta muchos días después: a lo largo de los tres días, la pregunta que en más ocasiones escuché fue “¿Y tú también escribes?” La respuesta, en el 98% de los casos, era “Sí”.

Y bien, era un encuentro de literatura. Es lógico que los escritores vayamos a esos saraos atraídos como abejitas por las flores de colores (sí, podéis interpretarlo como queráis). Lo que no es tan lógico es que sólo haya escritores y editores y agentes y gente relacionada de alguna manera con el mundo editorial. Sólo gente dedicada a crear libros. Nadie dedicado a leerlos. ¿Por qué? La respuesta también me la han dado algunos de los asistentes a éste y otros encuentros por el estilo (Hispacones, Libers, etc): al lector, en este tipo de juergas, se le ningunea. Y quizá por eso no quiera asistir.

He oído esa ‘queja’ en varias ocasiones, pero nunca había llegado a registrarla por completo hasta ahora. Conozco unos cuantos lectores que, lejos de pretender hacer también sus pinitos con la escritura, sólo quieren acercarse más a ese mundillo para conocer de primera mano a los que crean las obras que luego ellos van a leer, para saber qué habrá de nuevo, para entender cómo se hace eso que al final van a acabar leyendo y que se llama ‘libro’. Y ellos mismos han sido los que, comentando el tema de los encuentros y jornadas literarias, han dicho que cuando les preguntan “¿Y tú también escribes?” y contestan “No”, la conversación se acaba.

¿Es cierto que a los escritores no les interesa la opinión de los lectores? No creo que llegue a tanto. Lo que sí creo que puede suceder es que, en una situación como ésa, los escritores prefieran la conversación de los que comparten inquietudes y afición o profesión con ellos. Y creo que es un error, porque, como se está viendo, a las jornadas y encuentros literarios los lectores ya no van, cuando se supone que todo este tinglado debería estar dedicado a ellos, que son, al fin y al cabo, los destinatarios finales del ‘producto’ (perdonadme la herejía de llamarlo así).

Sin embargo, tampoco es de extrañar. Alguno de los camarradas de armas (escritores, o proyecto de) también comentan que, dependiendo de si publicas tus escritos o no y de la importancia/tamaño de la editorial que te los publique, así de simpáticos y cariñosos estarán contigo otros escritores. Yo no me he fijado en ese punto, pero quizá sea porque he tenido la inmensa suerte de haber entrado en el ‘mundillo’ por la puerta del palco (es decir, la que da a uno de los mayores grupos editoriales del mundo hispanoparlante) y no he conocido a otros escritores hasta mucho después de haber publicado con ese grupo; pero, según parece, cuando un escritor se acerca y te pregunta la consabida “¿Y tú también escribes?”, su siguiente paso será indagar a ver cuál es tu editorial (si la tienes), y a partir de ahí sucederán dos cosas: si es más pequeña que la suya, te dará un minuto de conversación educada y buscará la salida más cercana, y si es más grande que la suya, de repente te convertirás en su mejor amigo.

Si esos rumores/maledicencias son ciertos, no entiendo muy bien el motivo. ¿Por qué, por el consabido “quien a buen árbol se arrima”? Por supuesto, ese supuesto interés en ‘arrimarse’ explicaría a la perfección por qué se ignora olímpicamente al lector… y eso tiene aún menos sentido.

Es tan obvio que a veces se nos olvida que los que tienen la última palabra, y la que de verdad importa, son los lectores: esta cuestión me recuerda a algo que he comentado en alguna ocasión entre cañas y pacharanes, también con otros camaradas de pluma y lectores... ¿Por qué algunos escritores se consideran "superiores"? No, no me vale que ahora digamos que no es verdad: sólo hay que asomarse a una jornada de éstas para darse cuenta de que al lector se le ningunea porque no escribe, y que al escritor que no ha publicado se le ningunea por novato, y que al escritor que publica con editorial pequeña se le ningunea por ser 'poco importante'... ¿Qué pasa, que el hecho de escribir nos convierte en Seres Divinos? Pues si uno escribe bien, cojonudo; el de al lado igual dibuja que lo flipas, o canta que es pa tener un orgasmo espontáneo, o diseña unos edificios que son para cagarse la pata abajo, o consigue desatascar una tubería con sólo una mirada intencionada, o hace macramé con los ojos cerrados. Cada uno a lo suyo, y nadie es mejor que nadie porque algo se le dé bien.

Quizá me exalto mucho con este tema, pero es que me resulta sangrante: últimamente no hago más que recibir mails diciéndome "el otro día no me atreví a acercarme a ti en Dos Hermanas" e "intenté hablar contigo pero estaba tan nervioso que no me atreví", y empiezo a cabrearme de verdad al ver que los poquitos lectores que hay se sienten intimidados al pensar que los escritores vamos de OhDioses de la Expresión Escrita Desenfrenada o algo, cuando no hay nada que me guste más que charlar con alguien sin tener que pensar en la imagen que se supone que tengo que mantener (y que ellos ya me adjudican por defecto, como si el hecho de tener mi nombre en la portada de un par de libros me hubiera señalado con una estrella dorada en la puta frente) y no puedo evitar pensar que, si ésa es la idea que tienen, quizá sea porque algún(os) escritor(es) se la ha(n) puesto en la cabeza...

Algunos piensan que el problema es que estos encuentros también tienen ese punto de sentirnos especiales, protagonistas, por un fin de semana. Quizá sea que yo soy rara, pero, aunque no me disgusta en absoluto ser la ‘niña de bautizo’ (¿por qué iba a disgustarme, si la gente te trata bien y es simpática contigo, cosa que no siempre ocurre?), pese a todo procuro no perder de vista de qué va todo esto. En primer lugar, que nunca me ha gustado hacerles a otros lo que no me gusta que me hagan a mí, de modo que, puesto que me jode ver a gente que va de estrella, huyo despendolada ante cualquier posibilidad de convertirme yo en ‘la estrellita’ lejana y soberbia que juzga la importancia del prójimo dependiendo del éxito que tenga en su trabajo (que es lo que es esto de escribir, a ver si ahora nos vamos a creer que por juntar dos palabras somos la rehostia). Y en segundo lugar, y si de utilitarismos hablamos (esa actitud hipotética según la cual la gente se arrima al que publica con la mejor editorial), que no se nos vuelva a pasar por alto que el que más nos puede ayudar, si es en medrar en lo que pensamos, no es otro escritor: es el lector. Que es el que va a comprar nuestro libro y el que lo va a leer. Que es el que lo va a juzgar y lo va a recomendar o no a otros lectores. Que es el único que no tiene más interés que leer una buena obra, por lo que la va a juzgar más objetivamente que cualquier otra persona (escritor, crítico, editor, agente). Y que no se nos olvide que un libro, sin un lector, no es más que un objeto inútil. Y que nosotros, los escritores, sin los lectores, no somos NADA.